El Librero de Gutenberg

Dejemos atrás el gandallismo, el "el que no tranza no avanza" y el egoísmo.

En la oficina de agua quedan doce fichas y un hombre entra por la puerta lateral porque conoce al encargado.

Quienes llegaron antes llevan una hora bajo el sol. Una mujer pregunta si su bastón le permite esperar adentro. Le dicen que la regla es igual para todos. Minutos después, el conocido recibe una ficha sin explicar urgencia alguna. Nadie pierde solamente un lugar. La fila aprende que la norma depende de tener el teléfono correcto.

El gandallismo suele presentarse como habilidad para moverse en un sistema difícil. Colarse, conseguir una excepción inventada o trasladar un costo parece pequeño cuando la alternativa es quedarse atrás. El problema es que la ventaja nunca sale de la nada. Otra persona espera más, paga la diferencia o deja de creer que seguir la regla sirve para algo.

La justicia tampoco consiste en tratar todas las situaciones como idénticas. Una persona con movilidad reducida, una emergencia comprobable o alguien citado a otra hora puede necesitar un acceso distinto. La diferencia está en que la excepción tenga una razón pública y pueda aplicarse a cualquiera en la misma condición, no en el parentesco o el favor pendiente.

La supervisora devuelve al conocido al final y reserva dos sillas para quienes no pueden permanecer de pie. Anota las excepciones junto a la ventanilla. Las doce fichas no alcanzan para todos y habrá enojo. Por lo menos, nadie tendrá que adivinar qué amistad vale más que su mañana.

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