El Librero de Gutenberg

Cuidado con los actos impulsivos, a veces destruyen todo a su paso

Llevas horas vaciando la casa cuando un comprador señala el costurero de tu abuela.

Ofrece efectivo y puede llevárselo ahora mismo.

En ese momento parece otra cosa pesada entre cincuenta cajas, así que dices que sí.

Esa noche tu hermana pregunta dónde quedó.

Ahí guardaba los patrones con los que aprendió a coser con la abuela.

No todos los impulsos terminan así. Algunos compran un postre o producen una anécdota medio tonta. El riesgo cambia cuando la decisión es difícil de revertir y el objeto también pertenece a otras historias.

Llamas al comprador. Acepta devolverlo si pagas el viaje.

Antes de continuar la mudanza, fotografían los objetos familiares y abren un grupo con dos días para responder.

La casa tarda un poco más en vaciarse.

Pero esta vez la prisa no decide sola qué recuerdos conserva toda la familia.

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