Me criaron para tratar al conserje con el mismo respeto que al director.
En el elevador saludas al director por su nombre y apenas miras al hombre que limpia el espejo.
Cinco minutos después necesitas saber quién encontró una carpeta en recepción. Entonces recuerdas que el conserje estaba allí, aunque no recuerdas su nombre. La invisibilidad dura hasta que una persona posee algo que puede servirnos.
Tratar con el mismo respeto no significa fingir que todos cumplen el mismo papel. La autoridad y las responsabilidades cambian. Lo que no debería cambiar es la condición básica de ser visto, escuchado y nombrado sin desprecio.
La cortesía hacia quien tiene poder puede ser estrategia. Hacia quien no puede favorecernos revela costumbre. Un saludo, una pregunta sin tono de orden y el agradecimiento por una tarea no igualan salarios, pero dejan de añadir una jerarquía innecesaria a cada encuentro.
Preguntas su nombre antes de preguntar por la carpeta. Se llama Julián y sabe dónde está. Mañana el dato importante no será que encontró algo. Será que el elevador ya no necesita una urgencia para que lo veas.