Se corrige en privado. Se felicita en público. A eso, mi querido amigo, se le llama educación.
Durante la presentación, Clara pronuncia mal el apellido del cliente y su jefe la interrumpe delante de todos.
No se limita a corregir la palabra. Repite el error, sonríe hacia la mesa y explica que ya se lo había dicho. La reunión continúa. Clara también, aunque desde ese momento lee cada línea como quien camina sobre un piso mojado.
Una corrección pública a veces es necesaria. Si un dato falso puede afectar una decisión, conviene arreglarlo en el momento. Pero corregir el dato no exige añadir una demostración de autoridad. La precisión puede ser breve y la conversación privada puede llegar después.
Con el reconocimiento ocurre lo contrario. Muchos jefes agradecen a solas y señalan fallas ante todos. Así el equipo aprende que el trabajo bien hecho desaparece, mientras cualquier tropiezo recibe iluminación completa. No sorprende que la gente empiece a ocultar sus dudas.
El apellido queda corregido en una frase. Al terminar, el jefe puede preguntar qué pasó y escuchar la respuesta sin testigos. Mañana, cuando Clara resuelva una pregunta difícil, también puede decir su nombre en voz suficientemente alta.