El Librero de Gutenberg

Si una persona tiene mala ortografía, respétale. Si no pronuncia bien las palabras, respétale. Si no sabe lo que se supone que debe saber, respétale. Todos somos ignorantes en cierta medida y el respeto es la mayor muestra de nuestra educación.

El señor frente al mostrador tarda en llenar el formulario y la fila empieza a hablar con suspiros.

Pregunta dónde va su fecha de nacimiento. Confunde dos casillas y vuelve a empezar. Quien está detrás mira el reloj como si aquella lentitud fuera una ofensa personal. La empleada, en cambio, gira la hoja y le señala el espacio sin cambiar la voz.

Todos llevamos conocimientos que parecen obvios porque los usamos a diario. También cargamos zonas enteras de ignorancia que otras personas podrían exhibir con la misma facilidad. Basta entrar a una oficina distinta, usar una máquina nueva o escuchar una conversación en otro oficio.

Ayudar no exige infantilizar. Se puede explicar una palabra, corregir una dirección o repetir una instrucción sin hablarle a un adulto como si hubiera perdido su valor junto con la respuesta. La paciencia también es una forma de reconocer igualdad.

La fila avanza treinta segundos después. Nadie perdió gran cosa. El señor se lleva su trámite y la empleada conserva algo más difícil de enseñar que cualquier formulario: la costumbre de no medir la dignidad por la rapidez.

Recibe las cartas

Si esta lectura te hizo compañía, puedo mandarte la siguiente.

Sigue por aquí

Dos ideas cercanas a esta conversación.