El Librero de Gutenberg

Para mí es más importante mi paz que el querer que entiendan.

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Hay explicaciones que aclaran. Otras empiezan después de que ya dijimos lo necesario, solo porque el silencio de la otra persona nos incomoda.

Dices que este domingo no vas a ir. Das una razón. Te preguntan otra vez y añades el cansancio, el trabajo acumulado, la visita de la semana pasada. Diez minutos después, una decisión sencilla parece un juicio y tú haces de abogado de ti mismo.

La conversación ya no trata del domingo. Ahora buscas una explicación tan completa que la otra persona no tenga más remedio que aprobarla. Y mientras llega esa aprobación, tu decisión queda suspendida.

Quien recibe un límite puede molestarse, incluso cuando lo dijiste con cuidado. Puedes escuchar ese disgusto sin volver a abrir la negociación. Que alguien no entienda tu decisión no vuelve mala tu decisión.

La próxima vez, da la razón que te parezca honesta y deja la frase quieta. La incomodidad que sigue quizá sea más llevadera que pasar otros diez minutos intentando obtener permiso.

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