El amor tiene un límite. Se llama dignidad.
Publicada en Gutenberg el 29 de julio.
Hay disculpas que llegan con flores y desaparecen en cuanto las flores se marchitan.
Durante unos días todo cambia. Hay atención, promesas y una versión muy precisa de aquello que querías escuchar. Luego vuelve la burla, la mentira o el desprecio, y tú empiezas a negociar contigo mismo porque todavía amas a esa persona.
La dignidad no compite con el amor. Le pone una condición básica: que querer a alguien no exija vivir cada vez más lejos de uno mismo. No convierte una relación difícil en una relación imposible, pero sí marca lo que no puede repetirse sin consecuencias.
El límite no siempre es irse. A veces es dejar de cubrir una deuda, terminar una conversación cuando aparecen insultos o pedir un cambio concreto y observar si ocurre. Lo importante es que no sea una amenaza vacía.
Puedes extrañar a alguien y aun así no regresar al lugar donde aprendiste a dudar de tu valor. Es una de las contradicciones más tristes de la adultez, y también una de las más limpias.