A veces la felicidad no hace ruido. Un café en soledad, una carcajada inesperada, un "lo logré" susurrado.
Publicada en Gutenberg el 29 de julio.
El café sigue caliente. La casa está en silencio y, por diez minutos, nadie necesita nada de ti.
No hay una noticia extraordinaria. La cuenta bancaria no cambió y los pendientes siguen donde estaban. Sin embargo, la luz cae bien sobre la mesa y el primer trago sabe exactamente como esperabas.
Nos entrenamos para reconocer la felicidad por su volumen: viajes, celebraciones, fotografías donde todos miran a la cámara. Así se nos escapan las formas discretas, esas que no interrumpen el día para anunciarse.
Notarlas no exige agradecer cada segundo ni convertir una taza en una lección. Basta con no pasar de largo. Quedarse un momento dentro de lo agradable antes de volver a revisar qué falta.
Algunas vidas felices, vistas desde afuera, parecerían comunes. Desde adentro están hechas de cientos de instantes que alguien tuvo la delicadeza de no despreciar.