El Librero de Gutenberg

Hay que sentirnos de nuestra edad y la experiencia que tenemos

En la clase de baile ocultas el dolor de la rodilla para que nadie piense que ya no deberías estar allí.

Los demás saltan durante una canción y tú sigues, aunque el cuerpo pide otra forma. No quieres ser tratada como frágil ni escuchar que a cierta edad conviene sentarse. Entre demostrar juventud y abandonar la clase, parece no existir una tercera opción.

Sentir la edad no es obedecer todos los prejuicios que la acompañan. Es reconocer el cuerpo actual, la experiencia acumulada y los cambios que ya ocurrieron. Negarlos puede convertir una actividad elegida en una prueba permanente. Usarlos como sentencia puede quitar placeres que todavía tienen una forma posible.

Adaptar no significa hacer menos por definición. Puede ser calentar más, cambiar un salto, descansar o consultar a quien corresponde cuando algo duele. La experiencia también ayuda a distinguir esfuerzo de orgullo y a saber qué parte de una actividad importa de verdad.

Hablas con la maestra y reemplazas los saltos por pasos laterales mientras revisas la rodilla. Terminas la canción sin esconderte al fondo. No bailaste como a los veinte ni te convertiste en espectadora. Bailaste desde la edad que llegó contigo.

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