El Librero de Gutenberg

Cada etapa tiene sus retos pero también sus encantos

Después de vender la casa familiar, pasas el primer invierno en un departamento sin patio.

Extrañas el limonero, el cuarto donde dormían tus hijos y el ruido de la lluvia sobre la lámina. También agradeces no subir escaleras con las bolsas ni dedicar el sábado entero a una gotera. Ambas listas caben en la misma cocina pequeña.

Cada etapa cambia lo que pide y lo que permite. Nombrar sus encantos no vuelve equivocada la tristeza por lo anterior. Nombrar sus retos tampoco convierte el cambio en fracaso. La comparación honesta necesita más de una columna.

Hay pérdidas que no traen una ventaja equivalente y no necesitan una moraleja. Pero en muchos cambios cotidianos conviene mirar la forma concreta de la vida disponible. Eso ayuda a diseñarla sin exigir que imite exactamente a la que terminó.

Colocas el limonero joven en una maceta junto a la ventana. No crecerá como el árbol del patio y quizá nunca dé la misma sombra. A cambio, por la tarde caminas dos calles hasta el mercado y ya conoces el nombre del frutero. El nuevo hogar deja de ser solo lo que falta.

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