El Librero de Gutenberg

La edad no limita nuestra capacidad de ser felices, creativos, soñadores

A los sesenta y ocho compras barro y escondes el recibo dentro de la bolsa.

Te inscribiste a cerámica después de pasar tres veces frente al taller. Al contarlo, un conocido preguntó para qué querías aprender eso ahora. Desde entonces llevas las herramientas como si fueran prueba de una ocurrencia que tendrás que justificar.

La edad trae límites reales. Las manos se cansan, el tiempo tiene otra forma y algunas oportunidades ya pasaron. Negarlo solo cambia una presión por otra. Pero esos límites no deciden automáticamente qué curiosidades merecen seguir vivas.

Crear algo tarde no necesita convertirse en negocio ni demostrar que nunca es demasiado tarde. Puede ser simplemente una mañana a la semana en la que una persona aprende a centrar una pieza, se mancha la camisa y vuelve a casa pensando en una forma.

Sacas el recibo y lo dejas sobre la mesa. La primera taza queda torcida y pesa demasiado. Bebes en ella de todos modos. No prueba que la edad no exista. Prueba que todavía puede contener algo nuevo.

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