Volver a empezar es tener una oportunidad de hacer mejor las cosas
A los cincuenta y dos años vuelves a escribir tu nombre en la portada de un cuaderno escolar.
Dejaste la preparatoria cuando nació tu primer hijo. Durante décadas dijiste que algún día terminarías. Ese lunes ocupas una silla demasiado pequeña, escuchas a compañeros más jóvenes y tardas varios minutos en recordar cómo se divide una fracción.
Volver no se parece al primer comienzo. Llegas con cansancio, vergüenza y una historia que no cabe en el formulario de inscripción. También llegas sabiendo por qué estás allí. Aquello que a los diecisiete parecía una obligación ahora tiene un nombre elegido.
Hacerlo mejor no significa hacerlo perfecto. Tal vez repruebes un examen o faltes cuando alguien enferme. La segunda oportunidad no elimina las condiciones reales. Permite responder a ellas con recursos que antes no tenías, incluida la paciencia de pedir una explicación más.
El cuaderno se llenará despacio. No tiene que compensar todos los años anteriores. Basta con que la próxima página reciba algo que la primera versión de tu vida todavía no podía escribir.