El Librero de Gutenberg

No hay comparación. Cada quien tiene su valor, su historia

En la comida familiar comparan al primo que terminó la universidad con el que abrió un taller.

Uno tiene un diploma enmarcado. El otro dejó la escuela cuando enfermó su padre y aprendió motores trabajando. La conversación reparte ganadores con una facilidad que ninguno de los dos pidió. Hasta sus madres empiezan a defenderlos como si hubiera un solo lugar disponible.

Comparar puede ayudar cuando medimos una habilidad concreta bajo condiciones parecidas. Se vuelve injusto cuando convierte historias completas en una sola cifra y llama falta de mérito a todo lo que no siguió el mismo camino.

Reconocer el valor de cada persona no obliga a fingir que todos los resultados son iguales. Permite preguntar qué problema resolvió, qué responsabilidad sostuvo y qué conocimiento construyó. La dignidad no depende de que una trayectoria derrote a la otra.

El graduado cuenta que llevó su coche al taller de su primo antes de la ceremonia. El mecánico dice que quiere estudiar administración el próximo año. La mesa deja de decidir quién llegó más lejos y empieza, por fin, a escuchar desde dónde llegó cada uno.

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