Por esas buenas amistades que perduran a lo largo de los años.
Cada diciembre hacen tamales juntas, aunque durante el año apenas consiguen verse.
Antes hablaban todos los días. Luego llegaron hijos, trabajos, una enfermedad y ciudades distintas. La amistad dejó de parecer una conversación continua. Se convirtió en fechas cuidadas, mensajes que no exigen respuesta inmediata y una mesa preparada una vez al año.
Durar no significa permanecer igual. Algunas amistades se rompen cuando intentan conservar una frecuencia que ya no cabe. Otras aceptan temporadas más silenciosas sin usar cada demora como medida del cariño.
La historia compartida tampoco basta por sí sola. Una relación larga necesita interés por la persona actual, no solo por quien fue. Preguntar, escuchar cambios y permitir diferencias evita que la amistad se vuelva un museo de anécdotas.
Extienden la masa y se corrigen la cantidad de salsa como hace veinte años. Después una cuenta algo que la otra no sabía. La tradición conserva la mesa. La conversación nueva conserva a quienes se sientan allí.