Para muchos, nuestros primos fueron nuestros primeros amigos. Y aunque el tiempo nos llegó a separar, perduran los recuerdos
Una fotografía muestra seis niños en una alberca y hoy no sabrías llamar a dos de ellos.
Eran tus primos. Compartieron vacaciones, colchones en el suelo y secretos que entonces parecían enormes. Después llegaron ciudades, parejas y años donde los mensajes se redujeron a felicitaciones automáticas.
La familia promete permanencia, pero no garantiza intimidad adulta. Podemos querer a alguien por lo vivido y no conocer ya su vida presente. Admitirlo no traiciona la infancia. Evita fingir una cercanía que necesita tiempo real para existir.
Algunos vínculos pueden retomarse. Otros quedan mejor como una época agradecida. No toda memoria exige reconstrucción. La pregunta es si existe curiosidad por la persona actual o solo deseo de volver a quienes éramos juntos.
Envías la fotografía al grupo sin escribir que deberían verse más. Una prima responde con una nota de voz y cuenta quién empujó a quién al agua. Durante un minuto, la distancia aprende otra vez los nombres.