A veces, la distancia y el tiempo sólo hace más sólidas las amistades
Pasan cuatro meses sin hablar y, cuando por fin llamas, la conversación empieza a la mitad.
No hay reclamos ni un resumen completo. Tu amiga pregunta por el árbol que amenazaba el techo y tú recuerdas el nombre de su nuevo jefe. Entre ambas hay ciudades, horarios y semanas que ninguna interpretó como abandono.
Algunas amistades necesitan contacto frecuente para mantenerse. Otras aprendieron una forma más espaciada. La distancia no las mejora por sí sola. Lo que puede fortalecerlas es comprobar que el cariño no exige presencia constante ni castiga cada temporada ocupada.
Eso tampoco justifica desaparecer siempre y llamar solo cuando necesitamos algo. Una amistad sólida conserva alguna reciprocidad, aunque no sea simétrica. Hay preguntas recordadas, regresos posibles y una disposición a aparecer cuando la vida deja de ser ordinaria.
Hablan cuarenta minutos. Después volverán a sus semanas. Ninguna promete llamar mañana. Antes de colgar, acuerdan una fecha para verse. La distancia queda donde debe estar, entre dos ciudades y no entre dos afectos.