El Librero de Gutenberg

Los límites lo son todo cuando tratamos con los demás

Prestaste la cabaña por un fin de semana y el lunes aparecen más fotografías desde la terraza.

Tu primo no preguntó si podía quedarse. Tú tampoco dijiste a qué hora debía salir. Ahora necesitas entregar las llaves a otra persona y te molesta una extensión que, desde su lado, quizá parecía parte de una invitación generosa.

Los límites no solo protegen frente a abusos. También evitan que dos expectativas razonables choquen después. Fechas, horarios, dinero y tareas pueden parecer poco afectuosos hasta que su ausencia convierte el cariño en resentimiento.

Poner el límite tarde exige reconocer nuestra parte. No hace falta acusar a tu primo de aprovecharse. Puedes decir que la cabaña se prestó hasta el domingo y que hoy necesitas que la deje antes de las cuatro.

Él se sorprende, recoge y entrega la llave. Para la próxima invitación escribirás la hora junto a la dirección. La hospitalidad no se vuelve más fría. Se vuelve un lugar del que todos saben entrar y salir.

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