Es válido decir NO. Desde niños aprendemos que es una palabra "mala". Pero en realidad, debería ser lo contrario. Aprender a decir NO, te libera. Te relaja. Te da control sobre tu vida.
La cajera pregunta si quieres abrir una tarjeta y escuchas tu propia voz decir que sí.
No la necesitas. No entendiste la comisión. Ni siquiera llegaste a la tienda pensando en crédito.
Pero hay una fila detrás, la muchacha fue amable y rechazar la oferta parece más incómodo que firmar.
Mientras buscas tu identificación, una decisión financiera empieza a tomarse para evitar diez segundos de tensión.
Ahí te detienes.
"No, gracias. Prefiero pensarlo".
Guardas la identificación. La fila no protesta. La cajera continúa con el cobro.
Ya.
Confundimos decir no con rechazar a la persona. Queremos demostrar que somos amables y fáciles de tratar, aunque el precio sea aceptar una llamada, una compra o una tarea que seguirá existiendo cuando la conversación termine.
Ese "no" que parecía enorme ocupó dos segundos.
Y dejó tu nombre fuera de un contrato que nunca elegiste.