El Librero de Gutenberg

Lo que llamamos karma solo es la suma de las acciones que hacemos y la resta de las que no, es la consecuencia de nuestras decisiones

Ves que el extintor del centro comunitario está vencido y supones que alguien más lo reportará.

La etiqueta lleva seis meses fuera de fecha. Tomas una foto, pero llega una llamada y no la envías. Dos semanas después, una sartén suelta humo durante un taller y nadie sabe si el equipo funciona. El fuego se apaga con una tapa. La omisión ya dejó de parecer neutral.

Las consecuencias no siempre llegan como premio o castigo, ni prueban que el mundo reparta justicia. Muchas se forman de manera más ordinaria: una acción cambia algo y una tarea conocida que nadie asume deja que el riesgo continúe.

Tampoco somos responsables de todo lo que no impedimos. Importan la información, la capacidad y el deber que realmente teníamos. Esa distinción evita tanto la culpa infinita como la cómoda idea de que lavarse las manos elimina nuestra participación.

En la siguiente reunión no buscas una explicación grandiosa. Enseñas la foto, reconoces que no enviaste el aviso y propones un registro con responsables y fechas. El extintor se reemplaza esa semana. La responsabilidad empieza donde termina la frase alguien habrá de hacerlo.

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