El Librero de Gutenberg

Si no puedes hacer el bien, por lo menos no hagas daño.

En el grupo del edificio piden el nombre de quien rayó el elevador y alguien señala al hijo de la portera.

No viste nada. Solo recuerdas que el muchacho estaba cerca esa tarde. Otros empiezan a sumar sospechas y una persona propone publicar su fotografía. Podrías quedarte fuera. También sabes que un gesto ambiguo tuyo bastaría para convertir el rumor en certeza.

Hacer el bien completo quizá exigiría descubrir qué ocurrió, reparar el elevador y resolver una relación tensa entre vecinos. No tienes esos datos ni ese poder. Lo que sí puedes hacer es no prestar tu voz a una acusación sin prueba.

La neutralidad no siempre es inocente. Ante un abuso claro, callar puede proteger a quien daña. En esta escena lo responsable es precisamente defender el límite de lo conocido: nadie vio al muchacho rayar nada.

Escribes esa frase y pides revisar la cámara antes de nombrar a alguien. No salvaste el edificio ni encontraste al responsable. Evitaste que una sospecha adquiriera otra firma. Hay días en que esa contención ya es una forma suficiente de bien.

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