Hay dos tipos de rutinas. A veces la rutina es buena: nos mantiene a salvo de los peligros. Nos da disciplina. Y nos lleva al éxito. Otras veces es nuestra peor enemiga: nos impide disfrutar la vida. Nos vuelve robots. Nos hace "vivir" por inercia.
Desde que abriste la panadería, comes de pie junto a una mesa de acero.
Durante años no había de otra. Tenías siete minutos entre proveedores, pedidos y hornadas.
Ahora tu hijo se encarga del turno de la tarde. Los miércoles podrías sentarte en la fonda de enfrente.
Pero llega la una, pones el plato en el mismo rincón y dices: "Luego".
El cuerpo dejó de correr. La costumbre todavía no recibió la noticia.
Las rutinas son buenísimas para dejar las llaves en su sitio, tomar una medicina o contar la caja. El problema llega cuando siguen protegiéndote de una emergencia que ya terminó.
El miércoles entregas el delantal a tu hijo y cruzas la calle.
Comes sentado. Nadie incendia la panadería. Regresas a tiempo para revisar el cierre.
La rutina todavía abre el negocio.
Ya no necesita dejarte encerrado dentro.