A veces nos acostumbramos tanto a nuestra normalidad, que nos da miedo lo nuevo y dejamos de lado todo lo fresco y lo bueno que podemos conocer
La piscina abre una clase para adultos y pasas tres veces frente al anuncio sin llevarte el número.
No aprendiste a nadar de niño y has organizado décadas enteras alrededor de no necesitarlo. La clase te interesa. También imaginas la vergüenza de usar una tabla junto a personas más jóvenes y no saber dónde dejar las sandalias.
La normalidad protege porque reduce decisiones y sorpresas. El problema aparece cuando lo familiar recibe automáticamente el nombre de seguro y todo lo nuevo el de amenaza. Entonces una costumbre antigua decide por una capacidad que nunca pusimos a prueba.
Abrirse a lo desconocido no exige lanzarse al agua profunda. Puedes visitar las instalaciones, hablar con el instructor y asistir a una sesión. Una prueba pequeña separa los riesgos concretos de la incomodidad natural de empezar tarde.
Entras a preguntar y descubres que la mitad del grupo también comienza desde cero. El sábado te sientas en el borde y practicas respirar con la cara en el agua. No sabes nadar todavía. Ya sabes que tu miedo exageraba la soledad del primer día.