A veces nos acostumbramos tanto a nuestra normalidad, que nos da miedo lo nuevo y dejamos de lado todo lo fresco y lo bueno que podemos conocer
La piscina abre una clase para adultos y pasas tres veces frente al anuncio.
La primera vez lo lees.
La segunda buscas el número.
La tercera decides que seguro todos los demás aprendieron de niños y tú vas a ser la única persona peleándose con una tabla de espuma.
Tu mente ya produjo toda la película. Incluyó sandalias incómodas, gente mirando y una tos dramática después de tragar agua.
Lo único que no incluyó fue preguntar.
Así que entras.
La instructora te dice que la mitad del grupo empieza desde cero. El sábado te sientas en el borde y practicas meter la cara al agua.
No saliste nadando como delfín (calma). Apenas aprendiste a soltar el aire.
Pero descubriste algo útil: no te daba miedo la clase. Te daba miedo la versión inventada de la clase.
Y esa versión ni siquiera estaba inscrita.