No te acostumbres a lo que no te hace feliz
El elevador lleva ocho meses descompuesto y los vecinos ya organizan sus compras según cuántas bolsas pueden subir.
Han aprendido a cargar por turnos, dejar los garrafones abajo y rechazar visitas que no pueden usar la escalera. Cada arreglo demuestra ingenio. También hace menos visible que una vecina del quinto piso prácticamente dejó de salir.
Acostumbrarse es una capacidad humana. Nos permite seguir mientras algo difícil se resuelve. El riesgo aparece cuando la adaptación reemplaza la pregunta sobre si el problema debe continuar y quién quedó fuera de la nueva normalidad.
No toda incomodidad exige abandonar una casa, un trabajo o una relación. La felicidad tampoco es un estado sin molestias. Conviene buscar hechos: cuánto dura, qué daño produce, qué intentos se hicieron y cuál es el siguiente paso posible. Así el descontento deja de ser solo una consigna.
Los vecinos reúnen cotizaciones, revisan las cuotas y fijan una votación con fecha. Mientras llega la reparación, organizan ayuda para compras y salidas. Siguen adaptándose, pero ya no llaman solución a subir despacio una escalera que excluye a alguien.