Nada más desgastante que pelearse con cómo son las cosas
La lluvia inundó el patio donde sería la feria y llevas una hora repitiendo que en julio no debería pasar esto.
Tienes razón sobre el pronóstico y sobre las lonas que el proveedor entregó tarde. Nada de eso seca las extensiones ni protege los libros. Mientras discuten lo injusto del día, los primeros expositores llegan con cajas que necesitan un lugar seguro.
Pelearse con la realidad no es lo mismo que luchar para cambiarla. La primera batalla exige que un hecho ya ocurrido deje de ser cierto. La segunda empieza por nombrarlo con precisión. Aceptar que el patio está inutilizable no absuelve al proveedor ni vuelve deseable la lluvia.
Hay situaciones que requieren protesta, denuncia o reparación. Aceptarlas significa incluir el dato presente en la decisión, no renunciar a la responsabilidad futura. Esa diferencia permite guardar evidencia, contener el daño y elegir el siguiente movimiento sin pedirle al mundo que retroceda primero.
Trasladan doce puestos al pasillo, cancelan los cuatro que necesitan corriente y fotografían las lonas antes de llamar al proveedor. La feria queda más pequeña y el reclamo sigue abierto. Dejaste de discutir con el agua. Ahora tus fuerzas están del lado de lo que todavía puede moverse.