Nunca es tarde para tener sueños. Nos mantienen vitales y entusiasmados por la vida
A los setenta y cuatro quieres grabar las historias del barrio y te preguntas quién escucharía una voz que apenas aprende a usar el micrófono.
Durante años dijiste que algún día entrevistarías a los comerciantes antiguos. Ahora tienes tiempo, pero la palabra sueño te parece demasiado joven y demasiado grande. Imaginas un programa perfecto, equipo costoso y una audiencia que quizá nunca llegue.
Los sueños no pertenecen solo a quienes sienten que todo el tiempo está por delante. En la vejez pueden cambiar de tamaño, ritmo y propósito. Algunos no alcanzarán su versión completa. Aun así, orientar una parte de la semana hacia algo futuro evita que toda la vida quede reducida a conservar lo ya vivido.
Eso no exige ignorar dinero, energía o responsabilidades. Un deseo se vuelve habitable cuando encuentra una forma presente: una conversación grabada, una clase, una fecha. Su valor no depende de convertirlo en profesión ni de demostrar que la edad no existe.
Pides prestado un micrófono y grabas veinte minutos con el zapatero. La voz tiembla al comienzo y luego encuentra una pregunta que nadie le había hecho. Todavía no tienes un programa. Tienes una cita para el jueves siguiente y una razón nueva para que llegue.