El Librero de Gutenberg

No soy una persona rara. Soy edición limitada.

En la fiesta apagan la música y tú eres la única persona que parece aliviada.

Te gustan las reuniones pequeñas, llegas temprano y recuerdas nombres de plantas que nadie preguntó. Durante años intentaste ocultar esas cosas para parecer más espontáneo. Luego empezaste a anunciarlas con orgullo, como si cada preferencia te convirtiera en una especie aparte.

Llamarnos edición limitada puede ser una broma amable contra la vergüenza. Ayuda a dejar de pedir disculpas por una voz, un gusto o una manera tranquila de estar. Nadie debería pasar la vida traduciendo todo lo que es para no incomodar.

Pero ser distinto no nos vuelve automáticamente interesantes ni exime de cuidar a los demás. Una rareza puede convivir con malos hábitos, y una costumbre común puede esconder una persona extraordinaria. La autenticidad no necesita una vitrina permanente.

La música vuelve con menos volumen. Te quedas un rato, hablas de plantas con quien sí preguntó y te vas antes del baile. No fuiste el personaje raro de la fiesta. Fuiste tú, en una dosis que la noche podía sostener.

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