No siempre hay tiempo para una foto ni para publicar en redes sociales, y está bien
El arcoíris aparece mientras ayudas a bajar a tu padre del coche.
Tu sobrino busca el teléfono, tú sostienes el bastón y alguien grita que esperen. Para cuando todos miran, queda apenas una franja sobre los edificios. Nadie consiguió la fotografía completa y empiezan a hablar como si hubieran perdido el acontecimiento.
Documentar puede guardar una memoria y acercarla a quien no estuvo. El problema aparece cuando la prueba se vuelve condición de la experiencia, como si algo visto por pocos tuviera menos realidad que una imagen compartida por muchos.
Hay momentos que piden las dos manos, la atención o simplemente la rapidez de mirar. No fotografiarlos no es una virtud superior. Es aceptar que la vida a veces ocurre más deprisa que nuestros archivos.
Tu padre dice que alcanzó a ver el color verde reflejado en el parabrisas. Tú recuerdas el peso de su brazo y la voz de tu sobrino. No tienen una publicación. Tienen tres versiones imperfectas de algo que sí ocurrió.