A veces le damos tanto espacio al futuro que nos olvidamos del presente.
El martes todavía no llega y tú ya pasaste media comida pensando en él.
Tu cuerpo está sentado a la mesa (bueeeno, al menos tu cuerpo). Asiente en los lugares correctos, bebe agua y hasta se ríe cuando los demás se ríen.
Tu cabeza, mientras tanto, mueve una cita, calcula un pago e intenta acomodar una semana que ni siquiera ha comenzado.
Cuando levantas la vista, los platos ya no están.
Recuerdas que hablaron de una película y de una vecina. No podrías repetir una sola frase. Estuviste en la mesa, sí, pero te perdiste casi toda la conversación.
Pensar en el futuro también es cuidar. Guardamos dinero, hacemos citas y preguntamos a qué hora sale el tren porque mañana llegará aunque nos hagamos los sorprendidos.
El problema es que puedes pasar una comida entera preparando la semana que viene... y luego ni siquiera recordar con quién comiste hoy.
No todos los presentes son agradables. Hay días en que pensar en mañana ayuda a soportar hoy. Pero también se nos van comidas bastante buenas por pura costumbre.
No hace falta tirar la agenda ni fingir que el futuro no importa.
Solo volver a la mesa por ratos. Preguntar qué dijo la vecina. Probar la comida antes de que se enfríe.
El martes llegará de todos modos.