No te quedes con las ganas. Mientras no hagas daño, todo se vale
A los sesenta y ocho quieres pintar de rojo la bicicleta y recorrer el paseo dominical con una campana enorme.
Tus hijos se ríen y preguntan para qué llamar tanto la atención. Tú empiezas a buscar un color más discreto, aunque llevas meses imaginando ese rojo. Nadie ha explicado qué daño causaría. Solo parece impropio de la versión seria que los demás aprendieron a esperar de ti.
No todo deseo merece cumplirse. El placer propio encuentra límites en el consentimiento, la seguridad, el dinero compartido y las obligaciones asumidas. Pero después de cuidar esas fronteras, queda una zona amplia de gustos que no necesitan parecer razonables para cada espectador.
A veces llamamos madurez a renunciar antes de preguntar. Dejamos una clase, una prenda o una canción porque alguien podría considerarla ridícula. La prudencia protege la vida. La vergüenza anticipada solo protege una imagen que quizá nadie exigió con tanta fuerza.
Pintas la bicicleta, eliges una campana que no asusta a los peatones y revisas los frenos. El domingo tus hijos te reconocen desde la otra esquina. No recuperaste la juventud ni tenías que hacerlo. Recuperaste un gusto que seguía siendo tuyo y no le quitaba nada a nadie.