Deja espacio para el asombro, el cariño y todo lo bueno que hay allá afuera
Recorres la misma calle desde hace veinte años y una mañana descubres un mosaico encima de la farmacia.
Siempre caminas mirando el semáforo, la hora y la lista del mercado. El mosaico tiene pájaros azules y una fecha de 1968. Preguntas al farmacéutico y él se sorprende de que nunca lo hubieras visto. También lleva años entrando por debajo sin levantar la cabeza.
El asombro no es negar problemas ni agradecer por obligación. Es permitir que algo todavía pueda interrumpir la idea de que ya conocemos por completo un lugar o una persona. La rutina ahorra decisiones, pero cuando ocupa todo el campo deja fuera detalles que no gritan para ser útiles.
No hace falta viajar lejos ni convertir cada paseo en una lección. Un margen pequeño basta: caminar una cuadra sin teléfono, preguntar por un edificio, escuchar una historia que no buscamos. Algunas veces no aparecerá nada memorable. Ese espacio sigue siendo distinto de otra tarea llenada de prisa.
El sábado vuelves con tu hermana y encuentran la firma de la artista en una esquina. Después toman café y hablan de otros lugares que dejaron de mirar. La calle no cambió esa semana. Cambió el espacio que le concediste para volver a sorprenderte.