El Librero de Gutenberg

Te deseo salud, amor y dinero

Sales a caminar todavía enojado y decides repetir en silencio un buen deseo para cada persona que se cruza contigo.

Se lo dices mentalmente al repartidor que bloquea media banqueta, a la mujer que espera el autobús y al joven que corre mirando la hora. Ninguno escucha. La calle sigue ruidosa y el problema de la mañana continúa esperando en casa. Lo único que cambia al principio es el relato automático con el que recibes cada cara.

Un pensamiento privado no cura, alimenta ni protege a nadie. Tampoco sustituye saludar, ceder el paso o intervenir cuando existe un daño. Su utilidad es más modesta. Durante unos segundos te obliga a recordar que la persona frente a ti contiene necesidades y afectos que no caben en el gesto que alcanzaste a ver.

La práctica tampoco exige sentir ternura por todo el mundo. Puedes desconfiar de una conducta, cuidar tu distancia y sostener un límite. Desear el bien no vuelve bueno lo peligroso. Evita que el enojo use a cada desconocido como material para continuar una pelea que empezó en otro sitio.

Un hombre deja caer dos naranjas y te agachas a detener una antes de que llegue a la avenida. El deseo silencioso no causó la caída ni movió tu mano por energía secreta. Te encontró menos cerrado y más disponible para notar. La calle no recibió magia. Tú recuperaste una manera más amplia de caminarla.

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