Este año perdí, gané, fallé, lloré, reí, amé, pero sobre todo, aprendí.
Abres la caja de recibos de diciembre y encuentras el contrato que no renovaron.
Debajo están la entrada de un concierto, una receta escrita por tu madre y la multa del coche.
No sabes qué pensar de todo eso junto.
Hubo miedo. Una amistad nueva. Dinero perdido. Una decisión que todavía no sabes si fue valiente o simplemente carísima.
Pero llega diciembre y quieres una respuesta:
"¿Fue un buen año o un mal año?"
Como si doce meses cupieran en una casilla.
Mira, aprender tampoco convierte todo dolor en inversión. Hay cosas que habrías preferido no vivir y punto. No hace falta mandarles una tarjeta de agradecimiento por la lección.
Guardas la receta. Tiras algunos recibos. Lees el contrato una vez más y luego lo archivas.
No puedes resumir el año con "bueno" o "malo". Hubo cosas que quieres repetir y otras que no quieres volver a pagar.
Eso sí te sirve para decidir cómo entrar al siguiente.