Este año perdí, gané, fallé, lloré, reí, amé, pero sobre todo, aprendí.
Abres la caja de recibos de diciembre y encuentras el contrato que no renovaron.
Debajo está la entrada de un concierto, una receta escrita por tu madre y la multa del coche. Los papeles no cuentan una historia limpia. Hubo meses de miedo, una amistad nueva, dinero perdido y una decisión que todavía no sabes evaluar.
Al cerrar un año queremos una conclusión. Las fechas invitan a decidir si avanzamos o retrocedimos. Pero doce meses pueden contener pérdidas y alegrías que no se cancelan entre sí ni caben en la misma columna.
Aprender tampoco convierte todo dolor en una inversión necesaria. Algunas cosas habríamos preferido no vivir. Lo aprendido no las justifica. Solo evita que pasen por nosotros sin dejar información sobre nuestros límites, afectos y maneras de elegir.
Guardas la receta y tiras algunos recibos. El contrato se queda un momento más y luego va al archivo. El año no termina aprobado ni reprobado. Termina conocido un poco mejor.