El Librero de Gutenberg

Llegué al mundo sin nada, me iré del mundo sin nada. Solo se irán conmigo las obras buenas y malas que estarán escritas en el libro de mi vida. Todo lo demás fue prestado.

Abres la bodega para una mudanza y encuentras sillas que nadie ha usado en quince años.

Las guardaste porque eran buenas, porque costaron y porque alguna casa futura podía necesitarlas. Ahora tienen polvo, una pata floja y el espacio exacto que hace falta para las cajas de la vida actual.

Lo material no es despreciable. Una herramienta, una casa o una silla sostienen vidas concretas. Pensarlas como prestadas no exige regalarlas todas. Recuerda que su valor aparece en el uso, el cuidado y la manera en que circulan, no solo en conservarlas.

También existen objetos que guardan memoria y merecen quedarse. El problema no es el apego en sí. Es permitir que cada cosa se convierta en una obligación hacia el pasado, aunque ya no sirva ni sea vista.

Reparas dos sillas y las entregas a una pareja que acaba de mudarse. Conservas una. La bodega respira. Aquello que fue prestado no desapareció. Cambió de espalda y volvió a sostener a alguien.

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