El tiempo lo cura todo. O eso dicen.
Ha pasado un año desde que murió tu esposo y todavía no puedes abrir el cajón donde guardaba sus herramientas.
La familia dejó de preguntar porque supone que el aniversario trajo alguna clase de cierre. Tú limpias alrededor del mueble y cambias de tema cuando alguien menciona reparaciones. El tiempo ha hecho ciertas cosas: ya puedes contar una anécdota sin quebrarte. Ese cajón sigue cerrado.
Los días crean distancia y permiten que el cuerpo aprenda una ausencia. No obedecen, sin embargo, un calendario universal ni completan por sí solos cada conversación, trámite u objeto pendiente. Decir que todo se cura con tiempo puede convertir una espera humana en examen y hacer sentir atrasado a quien todavía duele.
Tampoco hace falta abrir cada puerta a la fuerza. Algunas pérdidas no necesitan desaparecer para que la vida continúe. Conviene preguntar qué está cambiando con los meses y qué permanece detenido porque requiere una decisión, una ayuda concreta o simplemente otra forma de acercarse.
Le pides a tu cuñado que se siente contigo y abren solo el primer cajón. Conservas dos desarmadores y donan el resto al taller de la colonia. Al cerrar, sigue faltando alguien. El tiempo te trajo hasta la mesa. Las manos que llegaron contigo hicieron la parte que el calendario no podía hacer.