El Librero de Gutenberg

Valora a quien te dedica su tiempo.

Llegas cuarenta minutos tarde a revisar tus papeles de pensión y tu antigua compañera ya ordenó los formularios por fecha.

Le escribiste cuando ya estabas en camino. Ella sonríe y dice que no pasa nada porque está jubilada. Sobre la mesa hay separadores, copias y una lista de dudas que preparó desde la mañana. Para llegar tomó dos autobuses y dejó la compra para después.

A veces tratamos el tiempo de quien no tiene empleo fijo como un espacio sin dueño. Lo hacemos con personas jubiladas, familiares que trabajan en casa y amistades cuya ayuda no lleva factura. Vemos la hora compartida y olvidamos lo que tuvieron que ordenar alrededor para ofrecérnosla.

Valorar no exige puntualidad perfecta. Un transporte falla, una cita se alarga y el cuerpo cambia el ritmo. La consideración aparece en avisar pronto, llevar lo necesario y preguntar si todavía cabe el encuentro. También en aceptar que la otra persona puede reprogramar sin tener que demostrar una obligación más importante.

Revisan solo la mitad y acuerdan terminar el jueves. Esa vez llegas diez minutos antes con todas las copias. No intentas pagarle con un regalo que cierre la cuenta. Proteges la hora que volvió a ofrecerte para que pueda ser ayuda y no tiempo tomado por sorpresa.

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