La soledad no es mala y, si lo permitimos, nos ayuda a conocer muchas de nuestras cualidades
Se va la luz en tu primera semana viviendo sola y no sabes dónde está el tablero.
Antes habrías llamado desde el pasillo para que alguien resolviera. Ahora alumbras con el teléfono, revisas cada puerta y recuerdas vagamente una explicación del casero. El silencio del departamento vuelve más grande cada ruido.
Estar a solas no convierte automáticamente a nadie en autosuficiente. Hay problemas que requieren ayuda y pedirla sigue siendo una capacidad. Pero la ausencia de una respuesta inmediata puede obligarnos a observar, probar y descubrir qué sabemos hacer sin haberlo nombrado.
Encuentras el tablero, comparas interruptores y restableces la corriente. Podría haber sido algo más serio. Entonces habría tocado llamar. La cualidad no consiste en resolverlo todo, sino en permanecer presente el tiempo suficiente para distinguir qué puedes intentar.
La lámpara enciende y tú te ríes en la cocina vacía. Nadie aplaude. Esa noche aprendes dónde está el tablero y también dónde empieza una calma que no sabías que podías prestarte.