La soledad es un espacio para el encuentro con uno mismo
Cuando tu hija se muda, el domingo deja de tener el horario que sostuvo durante veinte años.
Ya no hay entrenamiento temprano, comida para cuatro ni música saliendo del pasillo. A las diez sigues en pijama y no sabes si estás descansando o esperando que alguien te diga qué toca hacer.
Encontrarse con uno mismo suena solemne. En realidad puede empezar con decisiones domésticas: qué cocinar cuando nadie opina, qué programa elegir, a qué hora salir y qué parte de la rutina existía por cariño más que por preferencia.
El silencio también trae tristeza. Reconocer gustos propios no reemplaza la presencia que falta. Ambas cosas pueden convivir. Una etapa termina y, dentro del espacio que deja, aparece una persona que llevaba años organizándose alrededor de otros.
Preparas desayuno a mediodía y sales a caminar por una calle que nunca tomaban. No descubriste tu esencia. Descubriste que te gusta el domingo sin reloj. Por ahora, ese dato pequeño basta para empezar a conocerte de nuevo.