Un día me encontré conmigo misma y me di cuenta de que soy mi mejor compañía
Compras una entrada para la exposición después de que dos personas cancelan.
Tu primer impulso fue volver a casa. Imaginaste las salas llenas de parejas y grupos, y tu paso solitario como una señal visible de que nadie pudo acompañarte. Aun así, guardas el boleto en el bolsillo y entras.
Al principio avanzas rápido. Después un cuadro te detiene. Lees la ficha completa, regresas a una sala y descubres que puedes cambiar de ritmo sin negociar. Estar sola no produce una revelación enorme. Solo elimina la idea de que la tarde quedó arruinada.
Ser buena compañía para una misma no sustituye a los demás. Hay risas, conversaciones y formas de cuidado que necesitan otra persona. Sirve para que un plan no dependa siempre de conseguir testigos y para conocer qué te interesa cuando nadie propone el siguiente paso.
En la tienda compras una postal. No es premio por valentía. Es recuerdo de una tarde que ocurrió porque dejaste de esperar la confirmación de alguien más. La próxima invitación podrá ser compañía, no permiso.