Es curioso que, viviendo en una época en la que estamos tan conectados, paradójicamente también estamos más desconectados que nunca
El chat familiar recibe cien mensajes al día y nadie sabe que tu hermano cena solo desde que se mudó.
Hay fotografías, bromas y felicitaciones automáticas. Él reacciona con un pulgar y parece presente. Cuando lo llamas por otro asunto, admite que pasan semanas sin escuchar una voz conocida después del trabajo.
La conexión digital acorta distancias y sostiene relaciones reales. El problema aparece cuando señales rápidas sustituyen todo contacto profundo. Saber qué desayunó alguien no significa saber cómo está viviendo.
No hace falta abandonar los grupos ni exigir llamadas largas. Puede bastar una conversación directa, una pregunta que no se responda con un ícono o un horario breve y repetido. La cercanía necesita algún espacio donde una persona no compita con otros noventa mensajes.
Proponen una llamada de quince minutos los miércoles. A veces dura ocho y otras veinte. El chat sigue lleno. Tu hermano deja de ser solamente el pulgar que aparece debajo de las fotos.