El Librero de Gutenberg

A veces, solo toca acompañar en silencio

Tu amiga termina el trámite funerario y se sienta en la banqueta con la carpeta sobre las piernas.

Has pensado en decir que su padre descansó, que fue querido y que con el tiempo dolerá distinto. Todas las frases contienen alguna verdad y ninguna parece pertenecer a ese momento. Te sientas a su lado y sostienes la botella de agua que no ha abierto.

El silencio incomoda porque no demuestra utilidad. Quien acompaña quiere aliviar, ordenar o encontrar una puerta. Hay dolores que no tienen puerta cercana. Intentar fabricarla puede obligar a quien sufre a tranquilizarnos o agradecer una esperanza que todavía no siente.

Acompañar en silencio no significa desaparecer dentro de la habitación. Se puede acercar una silla, preparar comida, manejar o preguntar qué tarea hace falta. El cuidado continúa hablando a través de cosas que no exigen respuesta.

Después de unos minutos, tu amiga apoya la cabeza en tu hombro. No dices nada. La carpeta sigue pesando lo mismo. Por un rato, al menos, no tiene que sostenerla y sostenerse completamente sola.

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