Decía mi abuelo: "No cuentes tus penas. Los buitres se abalanzan sobre los animales heridos".
En la comida de oficina alguien pregunta por tu separación y seis personas dejan de mover los cubiertos.
La noticia ya circuló. Podrías explicar la última discusión, demostrar que no fue tu culpa y recibir una tarde de solidaridad. También sabes que mañana algunos detalles viajarán sin ti hacia otras mesas.
No toda persona que pregunta quiere hacer daño. La curiosidad, sin embargo, no garantiza cuidado. Contar una pena nos vuelve vulnerables a interpretaciones, consejos y relatos que ya no controlamos. Elegir dónde hablar forma parte de protegernos.
El consejo del abuelo necesita un límite. Callarlo todo puede aislarnos justo cuando más necesitamos apoyo. La alternativa no es plaza pública o silencio completo. Es encontrar una persona capaz de guardar, escuchar y no usar nuestra herida como entretenimiento.
Dices que atraviesas un momento privado y cambias de tema. Esa noche llamas a quien estuvo contigo desde antes de la separación. No escondiste la pena. Elegiste una habitación con puerta para contarla.