Antes de que te sientas la persona más egoísta por elegir a quien darle tu amistad y afecto, déjame decirte que eres totalmente libre de decidir de qué personas rodearte por tu bien, y de actuar en consecuencia
En el chat de la preparatoria vuelve a aparecer una broma sobre el mesero de la última reunión.
Conoces a esas personas desde los dieciséis. Estuvieron en cumpleaños, bodas y funerales. También sabes que cada encuentro termina con alguien humillado y que llevas meses regresando a casa con una incomodidad que después llamas nostalgia.
Elegir amistades no significa buscar personas idénticas ni abandonar a quien atraviesa una mala temporada. Una relación real soporta diferencias y momentos difíciles. Lo que no tiene que soportar para siempre es una forma de estar que exige traicionar el propio criterio para pertenecer.
A veces la culpa viene de confundir antigüedad con obligación. Los años explican el cariño. No deciden cuántas horas, confidencias ni encuentros debemos seguir entregando. También se puede agradecer una época y dejar de renovar el mismo lugar en el presente.
Silencias el chat y rechazas la próxima cena sin inventar un viaje. Quizá veas a una de esas personas por separado. Quizá no. La amistad que fue cierta no se vuelve falsa porque hoy necesites otra mesa.