El Librero de Gutenberg

Yo también cometo faltas ortográficas, pero éstas me matan la pasión...

Después de una semana de mensajes amables, encuentras el cuarto error de ortografía y piensas en mandar una captura al grupo de tus amigas.

La conversación te gustaba. Él preguntó por tu madre, recordó el nombre de tu perro y propuso una cafetería tranquila. También escribe palabras que te distraen tanto que relees cada frase con irritación. No quieres corregir a un desconocido ni fingir que la manera de escribir no afecta lo que sientes.

Una preferencia puede ser real sin convertirse en una jerarquía humana. La ortografía importa en ciertos trabajos y para algunas personas forma parte del deseo. En otros contextos hay dictado por voz, poca práctica, dislexia, otro idioma o un teclado difícil. Ninguna explicación obliga a continuar una cita. Sí recuerda que una pantalla incompleta no autoriza una sentencia completa.

La captura cambiaría el propósito de la conversación. Algo que él escribió para conocerte se volvería entretenimiento ante gente que no conoce su tono ni su historia. Puedes preguntar si usa dictado, mencionar con sencillez que la escritura es importante para ti o decidir que no existe compatibilidad. Lo innecesario es reunir testigos para justificar un gusto personal.

No envías la captura. Aceptas el café y descubres que dicta los mensajes mientras trabaja, o cancelas con una frase respetuosa. Cualquiera de las dos decisiones conserva tu preferencia. La diferencia es que el hombre al otro lado del teléfono no tuvo que pagar con vergüenza pública el hecho de no despertar tu pasión.

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