El Librero de Gutenberg

Y es que la culpa nos paraliza, nos impide aprender y nos impide mejorar

Descubres que cobraste dos veces la misma reparación y pasas la tarde llamándote deshonesto sin marcarle al cliente.

El error ocurrió al copiar una orden. Aun así, recuerdas cada ocasión en que defendiste la honradez de tu taller y sientes que todo era falso. Revisas la factura una y otra vez, como si castigarte con suficiente dureza pudiera devolver el dinero sin enfrentar la conversación.

La culpa tiene una función cuando avisa que actuamos contra algo que valoramos. Se vuelve estéril cuando concentra toda la atención en qué clase de persona somos y deja sin atender a quien recibió el daño. Permanecer sufriendo no es lo mismo que asumir responsabilidad.

Aprender requiere separar hechos, efecto y siguiente acción. ¿Qué ocurrió? ¿A quién afectó? ¿Qué puede devolverse, corregirse o prevenirse? La respuesta no siempre elimina las consecuencias ni garantiza el perdón. Sí evita que el juicio interno ocupe el lugar de la reparación externa.

Llamas al cliente, devuelves el cobro y agregas una alerta para órdenes repetidas. Te da vergüenza contar lo sucedido al resto del taller, pero lo haces para que conozcan el nuevo control. La culpa no desaparece de inmediato. Al menos ya no está sentada en la silla donde debía trabajar tu responsabilidad.

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