El cerebro es el órgano más destacado. Funciona las 24 horas, los 365 días del año, desde tu nacimiento hasta que te enamoras.
Tú y Alicia llevan cuatro meses juntos cuando encuentran una casa en Cuernavaca y el vendedor pide el depósito esa misma tarde.
El corredor abre las ventanas, entra aire fresco y ambos empiezan a repartir cuartos que todavía no son suyos. Allí cabría el escritorio. En el patio desayunarían los domingos. La prisa parece parte de la oportunidad. Si se detienen, alguien más podría comprar la vida que alcanzaron a imaginar durante la visita.
El enamoramiento no apaga la inteligencia, aunque el chiste lo diga así. Sí vuelve fácil compartir optimismo y difícil introducir una duda que podría sonar como falta de fe en la relación. Dos personas entusiasmadas pueden confirmar la misma fantasía sin haber revisado agua, escrituras, trayectos ni el dinero que quedará después.
Una pausa no enfría necesariamente el amor. Puede separar la decisión de la urgencia del vendedor y asignar tareas que la emoción no hará. Revisar documentos, dormir una noche y calcular el costo completo protege a ambos. También deja abierta la posibilidad de decir no a la casa sin convertirlo en un no a la vida juntos.
Al día siguiente descubren que el derecho de agua no está aclarado y deciden no depositar. Pasan el domingo en Cuernavaca de todos modos, desayunando en un mercado. La casa vuelve al anuncio. El proyecto común sigue sentado frente a dos tazas, un poco menos cinematográfico y bastante más capaz de leer contratos.