Son libros reciclados. Libros abandonados, echándose a perder.
En la feria cultural, una lámpara hecha con páginas provoca más discusión que todas las mesas de lectura.
La artista explica que recogió veinte manuales de contabilidad dañados por humedad. La biblioteca había separado los ejemplares después de conservar copias sanas. Aun así, alguien la acusa de destruir conocimiento. Otra persona quiere comprar la lámpara sin preguntar si las páginas mojadas pueden acercarse a un foco caliente.
El cariño por los libros mezcla varias cosas. Está el texto, que puede sobrevivir en otro ejemplar. Está la edición, que quizá sea rara. También existe la historia de un objeto concreto, con notas, dedicatorias o procedencia que ninguna copia reemplaza. Cortar sin revisar puede borrar algo valioso. Declarar sagrado todo volumen puede condenar toneladas de papel inutilizable a seguir pudriéndose.
La decisión necesita inventario antes que indignación. ¿Hay otra copia? ¿El daño tiene reparación razonable? ¿Aparecen marcas o datos que un archivo debería registrar? ¿El nuevo uso es seguro y reconoce de dónde salió el material? Esas preguntas permiten proteger una primera edición y transformar un manual repetido sin fingir que ambos casos son iguales.
La biblioteca coloca una nota junto a la lámpara con el proceso de descarte y la revisión del electricista. También exhibe un recetario manchado que no cortaron porque contiene anotaciones de tres generaciones. Los dos objetos reciben cuidado distinto. Uno vuelve como luz. El otro permanece legible porque alguien supo detener las tijeras.