El Librero de Gutenberg

Pocas cosas reconfortan más que un abrazo en el momento adecuado

En la sala de espera ves a tu padre apretar el resultado médico y no sabes si acercarte o dejarle aire.

De niño nunca lo viste llorar. Ahora mira el piso y mantiene los brazos cruzados. Quieres abrazarlo antes de que diga nada, pero recuerdas que en los momentos difíciles a veces se aparta incluso de la gente que quiere.

El abrazo llega antes que muchas explicaciones. Puede prestar calor, peso y compañía cuando las palabras no alcanzan. También entra al cuerpo y al espacio de otra persona. La intención cariñosa no garantiza que el contacto sea bienvenido en ese instante.

Preguntar no vuelve frío el gesto. Un '¿quieres que te abrace?' permite que el consuelo se adapte. La respuesta puede ser sí, no, después o simplemente quédate aquí. En una urgencia habrá decisiones distintas, pero en la mayoría de los momentos tenemos tiempo para dejar que la persona conserve esa elección.

Le preguntas. Tu padre niega con la cabeza y señala la silla de al lado. Cinco minutos después apoya el hombro contra el tuyo y entonces abre los brazos. El abrazo no llegó tarde. Llegó cuando pudo ser recibido y no solo cuando tú necesitabas ofrecerlo.

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