El Librero de Gutenberg

Hay que tener la capacidad de ver nuestros errores

La sopa está salada y tu primera reacción es decir que la receta venía mal.

Todos prueban en silencio. Recuerdas que contestaste una llamada mientras medías y que quizá echaste la sal dos veces. Aun así, hablas de la cuchara, de la marca y de una instrucción confusa. Cada explicación aleja un poco más la olla de tus manos.

Ver un error parece sencillo cuando ya conocemos la respuesta. En el momento, el orgullo trabaja rápido. Encuentra circunstancias reales y las ordena hasta que nuestra participación queda reducida a una mala suerte inevitable.

Reconocer no exige castigarse ni declarar que todo salió mal por nuestra culpa. Consiste en separar lo que no controlábamos de la parte que sí hicimos. Esa parte suele ser suficiente para aprender algo concreto y reparar sin teatro.

Añades papa, preparas otra porción y dices que perdiste la cuenta mientras hablabas. La comida no queda perfecta. La próxima vez dejarás el teléfono lejos. Un error visto de frente por fin puede enseñarte dónde poner las manos.

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