El Librero de Gutenberg

No sometas a los demás a tu mal carácter, es una conducta que se puede modificar

El dueño de la tienda golpea el cajón de la caja cada vez que el inventario no coincide y todos aprenden a no hacer preguntas.

Él dice que siempre ha tenido carácter fuerte. Lo presenta como un dato tan fijo como el tamaño del local. Mientras habla, una empleada vuelve a contar sola las botellas porque prefiere perder veinte minutos antes que recibir un grito frente a los clientes.

Hay personas de voz rápida, gesto intenso o poca paciencia. Eso puede ser parte de su temperamento. Otra cosa es usarlo para que los demás carguen con portazos, insultos o miedo. Cuando una conducta produce el mismo daño una y otra vez, llamarla personalidad solo la protege de la revisión.

Cambiar no significa volverse sereno de un día para otro. Puede empezar con una pausa antes de responder, una señal acordada, una disculpa sin excusas y una manera distinta de repartir la presión. Si el patrón es grave o no cede, también puede hacer falta ayuda profesional. Lo importante es dejar de exigir que otros se adapten al daño.

El dueño pega una tarjeta junto a la caja: si falta dinero, nadie acusa ni levanta la voz hasta repetir el conteo con otra persona. La primera semana falla y repara dos veces. Al mes, las preguntas regresan al mostrador. Su carácter sigue siendo intenso. Ya no es la condena que todos deben cumplir.

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