Compartir nuestras virtudes es un acto noble
Después de jubilarse, un sastre sigue visitando el taller los jueves.
Encuentra una puntada floja, la corrige antes de que alguien la vea y se va satisfecho. Los aprendices reciben prendas perfectas.
El pequeño detalle es que no aprenden nada.
Él cree que está ayudando. Y sí, ayuda a entregar el pantalón de hoy. Peeero también garantiza que el próximo jueves habrá otra puntada esperándolo.
Así que cambia de método.
Marca tres piezas con hilo rojo y reúne al grupo. Les enseña cómo mirar la tensión, cómo sostener una tela difícil y cuándo conviene empezar de nuevo.
Luego se sienta mientras cada persona termina una prenda.
No quedan idénticas. Una necesita otra corrección.
Pero esa tarde salen cinco dobladillos que ya no dependen de sus manos.
Compartir lo que sabes no siempre es resolver más rápido.
A veces es soportar que otro lo haga más lento... hasta que pueda hacerlo sin ti.